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Un sismo 1000 veces más intenso qué el de Haití conmovió a la República de Chile, y yo me pregunto, en medio de estas catástrofes sin fin:
¿Qué pasaría si nos pasa algo parecido a nosotros, los argentinos? ¿Sabríamos de donde tomar agua? ¿Cómo distribuir alimentos? ¿Dónde colocar los residuos? ¿Cómo colaborar con los heridos? ¿Tenemos suficientes personas capacitadas para actuar ante desastres?
Sabemos de la labor en la remediación de catástrofes realizadas por nuestros bomberos, entre otros, pero ¿existe una gestión previa a los riesgos?
Lo único que los cordobeses parecemos tener claro es el de la convivencia con los sistemas cloacales reventados que generan los fétidos arroyuelos que sorteamos en la ciudad y que son producto de la desidia de la clase gobernante y no de la inconmensurable potencia indiferente de la naturaleza. Los accidentes cotidianos constituyen la principal causa de mortalidad de personas entre 1 y 18 años. Estas situaciones son el resultado de una constelación de factores que confluyen en una situación de riesgo. El desarrollo de planes de acción para la prevención de riesgo en el sector educativo de América Latina comenzó a desarrollarse sistemáticamente, aunque con escaso apoyo, en la década del 80. Esta visión regional se reforzó en enero del 2005, en la Conferencia Mundial sobre Reducción de Desastres (CMRD) que se llevó a cabo en Hyogo, Japón. En ella 164 gobiernos nacionales (Argentina entre ellos), instituciones regionales y del Sistema de Naciones Unidas, autoridades locales, organizaciones no gubernamentales, instituciones financieras internacionales y expertos en este campo se comprometieron a tomar acciones tendientes a reducir el riesgo de desastres. Con este fin se confeccionó el llamado Marco de Acción de Hyogo 2005-2015, el cual establece como una de las cinco prioridades de acción para los próximos 10 años, “utilizar el conocimiento, la innovación y la educación, para crear una cultura de seguridad y resiliencia a todo nivel”, siendo la inclusión de la reducción de desastres en la educación formal y no formal uno de objetivos claves dentro de este eje prioritario.
En el contexto de este Marco de Acción, Naciones Unidas desarrollo el programa “La prevención de desastres comienza en la escuela”. Este programa, incluido en la LICENCIATURA EN ENSEÑANZA DE CIENCIAS DEL AMBIENTE DE UTN (www.campusvirtual.cadena3.com) tiene como objetivo implementar la gestión de riesgo en el marco de la educación primaria con proyección comunitaria. Según dicho programa: “Existe aceptación generalizada en la comunidad internacional que trabaja en la reducción de riesgos de desastres, sobre la necesidad de dedicarle esfuerzos a fomentar una cultura de la prevención, a partir de los pilares de la educación, comenzando por la primaria. Una cantidad importante de países han venido trabajando desde hace más de una década en aspectos de preparación, que incluyen la elaboración de planes escolares de emergencia.
Sin embargo, no existen avances similares en términos conceptuales y metodológicos, sobre los vínculos entre la educación para la prevención de riesgos y desastres, con la gestión y la educación ambiental. Ni mucho menos con la gestión del desarrollo en los países de América Latina y el Caribe. Pese a los logros alcanzados, la educación para la gestión de riesgos y la prevención de desastres que se imparte en la escuela, sigue siendo objeto de un tratamiento aislado, sin mayor relación con los riesgos cotidianos a los que se tienen que enfrentar diariamente las poblaciones vulnerables de América Latina y el Caribe. En consecuencia, resulta imperativo que la educación en todas sus modalidades, comenzando por la formal, le dedique un mayor énfasis al análisis, a la reflexión y a la acción sobre las causas de los desastres y su vinculación con las condiciones de riesgo y los modelos de desarrollo”.
El presente proyecto toma la necesidad de abordar la temática de la prevención de riesgo en la escuela y lo hace desde una perspectiva ambiental, considerando al ambiente como el entorno vital, es decir el conjunto de factores físicos, naturales, políticos, culturales y sociales en el que se desenvuelve la sociedad. Este enfoque se basa en que los factores que confluyen para tornar una situación riesgosa provienen no sólo del entorno material sino también, y en gran medida, de la forma de relación del hombre con el entorno, la cual está determinada fuertemente por la cultura propia de cada sociedad. El abordaje de la prevención de riesgos desde la perspectiva ambiental permite conjugar el estudio de los dos tipos de conocimiento que hacen al entorno: el físico y el social. Las propiedades de los objetos, las relaciones mentales y las convenciones y funciones sociales no pueden enseñarse de la misma manera.
Pero puede aprenderse sobre el ambiente en el contexto de las diferencias entre el conocimiento físico y el conocimiento social que éste implica: mientras que el primero permite abordar relaciones parciales entre magnitudes, separando hechos para facilitar la comprensión, el segundo no puede comprenderse en forma aislada, hay en él una fuerte interdependencia de relaciones, historia, ideología y cultura. El conocimiento físico permite anticipar efectos y resultados mientras que lo social no es tan fácilmente predecible. El estudio de los problemas ambientales siempre implica acciones de los sujetos, con lo cual la temática queda enmarcada no sólo dentro de las Ciencias Naturales sino también dentro de las Ciencias Sociales. |